El concepto de educación popular nació en América Latina alrededor de los años 50, contraponiéndose a la educación formal, al subrayar que ésta última entiende a los individuos que participan en el proceso educativo como recipientes que pueden ser llenados de conocimientos. La Educación Popular o liberadora, en cambio, se caracteriza por ser un espacio de diálogo, encuentro y reflexión. Siguiendo las lineas del pedagogo Paulo Freire, la Educación Popular, propone que la educación empieza superando la contradicción educador-educando, para que ambos sujetos se hagan, simultáneamente, educadores y educandos. Cuanto más se conviertan los educandos en almacenes de conocimientos, habrá menos posibilidades de que desarrollen la conciencia crítica, su herramienta de inserción social como sujetos activos de la situación que los hace sentir oprimidos u oprimidas.

En este sentido, según nuestra óptica, y siguiendo esta linea, consideramos que cualquier persona que se dedique a la educación debe respetar y creer firmemente en la esencia de todo individuo y su poder creador. Educar es aprender, generar espacios de creación en los que se cambia la concepción de un mundo que ya no se les presenta como una realidad estática sino en proceso, en transformación. De esta manera, poniendo el foco en la toma de conciencia, los educandos se apropian de ella como realidad histórica. 

PEDAGOGÍA DE LA ESPERANZA

Paulo Freire, para muchos maestros y maestras, se ha convertido a día de hoy en el pedagogo subvertor, en un "inspirador de esperanzas emancipadoras". Así, desde Anaik nos basamos en su filosofía como punto de partida. Confiamos en el diálogo -o construcción dialógica- como centro del proceso pedagógico. Una dinámica guiada por la razón, que posibilita el acercamiento entre personas, y por lo tanto de los individuos con el mundo. De esta manera, el diálogo también se convierte en la "expresión de la historicidad", imprescindible para el desarrollo de una "cultura humanizante". Y en dicha construcción la pregunta surge como afirmación del sujeto, capacitado para resolver la tensión entre la palabra y el silencio.

 

Como segundo pilar también tenemos en cuenta el reconocimiento y reinvención. "Reconocimiento" traducido en una conciencia crítica que permita al individuo tomar distancia, explorar, identificar, diferenciar para poder "reinventar" la sociedad. Es decir, participar en la historia "rehaciéndose a uno mismo". 

En tercer lugar, también damos importancia al concepto de humanismo crítico: según Freire, la deshumanización se trata de una expresión de la dominación, y se traduce en la distorsión de la vocación que como seres humanos tenemos de humanizarnos. La humanización, en este sentido, es la emancipación basada en un proceso de transformación, siendo ésta una forma de experimentar lo que significa ser personas. Para Freire, "al inventar la existencia, como los materiales que la vida les ofrece, los individuos inventarán o descubrirán la posibilidad que implica necesariamente la libertad, que no recibirán más que luchando por ella".

 

Todo ello, teniendo en cuenta un cuarto concepto: el realismo esperanzado. Esto significa, según el pedagogo, que "la verdadera realidad no es la que es sino la que puja por ser".